Nada divierte más en una sociedad desnortada y errabunda como la actual que proponer al lector unas páginas en las que compartir una ensalada de heterodoxia. Salirse del carril y enrolarse en la legión invencible, o imposible, de personajes y acciones derivadas de la aventura, de la polémica, del juego y de los héroes, sin orden ni concierto. David Felipe Arranz propone en Indios, vaqueros y princesas galácticas. Los rebeldes del cine un damero maldito, un viaje sin retorno a las entrañas de los asuntos que han marcado la cinematografía del siglo XX y de la que vendrá. Cuando a Borges le preguntan si no siente nostalgia porque la épica de los griegos ha desaparecido de la literatura, responde –1964, París– que la épica no ha desaparecido, que la épica está hoy en el western. La gran creación de una épica contemporánea con todas sus luces y sus muchas sombras, como cualquier épica, en la que nadie es inocente. De nada.

Arranz reúne en una serie de breves, y enjundiosos asuntos, el universo del western, el de Ford, Boetticher, Siegel… Pero este formidable volumen da más de lo que el título podría sugerir. Es el thriller, en una de sus más extraordinarias, y olvidadas, creaciones, el Detour (1945) del gran Edgar G. Ulmer (un lujo del cine clásico) o la épica cómica -que también la hay y aquí se demuestra con sorna y desparpajo- del Stanley Kramer de El mundo está loco, loco, loco. Y tanto. El maravilloso réquiem de la última princesa, Carrie Fisher, llegada de las galaxias interestelares; la amenaza de Spectre y Bond, James Bond; la curiosa y ditirámbica relación del nobel Faulkner con el cine, desternillante; la propaganda política y su versión en la pantalla; el raro Antonioni; los piratas de alta costura bajo la inmensa sombra de Dieterle; el deslumbrante pasado científico de Hedy Lamarr; el Huston más duro, y es mucho decir, que se atrevió con los textos de Stephen Crane; la estela insoslayable de Jerrry Lewis o ese genio del cine español que fue Basilio Martín Patino para llegra hasta la Semana Santa, en su brillante atrevimiento, y el cine. ¿Hay quién dé más?

El libro es esto y mucho más, porque la gracia de la prosa de Arranz, su capacidad de contar con enorme cercanía la erudición, el dato preciso, el momento y el valor de cada película, director, intérpretes y su lugar en la historia del arte del siglo XX, son memorables. El lector descubrirá aspectos inéditos de un centón de películas, se regocijará en los comentarios nada comunes del autor, se sorprenderá de las confesiones contadas y vividas de su pasión como espectador y, además y como premio, ese lector vaya a la página que vaya encontrará un sin fin de comentarios, ideas, sugerencias, propuestas y críticas que hará su lectura tan gratificadora como inolvidable.

David Felipe Arranz se lo sabe todo, lo ha visto todo y sabe contarlo, sabe implicar al lector en sus aventuras cinéfilas, sin un ápice de ridícula pedantería, todo lo contrario, siempre atento a no perder esa conversación establecida, de mutua complicidad, con su lector. No hay muchos así en el panorama siempre enrevesado de la crítica cinematográfica. Aquí no hay matrimonios de connivencia, aquí hay la lucidísima mirada de un espectador que quiere compartir sus emociones con todos. Y para todos. En los tormentosos tiempos presentes, no es de agradecer, es de admirar.

Fernando R. Lafuente / Revista de Occidente