Un asunto recurrente

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El cese, renuncia o como le quieran ustedes llamar de Juan Luis Cebríán en la presidencia del grupo Prisa, que tanto ruido está provocando, me hace reflexionar sobre el asunto, no por conocido menos importante, de lo que subyace en un soporte de comunicación.
La propia génesis del asunto que da pie a este comentario es ilustrativa. El pasado mes de octubre se dio por hecho que al primer director de El País y uno de sus fundadores más importantes lo des- cabalgaban de su puesto como presidente del grupo, constando incluso el nombre del sucesor.

La cosa tenía su origen en una operación de salvamento en la que uno de los participantes, los nombres son lo de menos, aportaba, aparte de ayuda económica, al nuevo timonel.
La reacción no se hizo esperar y el presidente in pectore dejó de serlo en cuanto se supo su identidad: las condiciones de traspaso de poder, impuestas por quien aún lo tiene, le convertían en nada y menos y aquello quedó en agua de borrajas.

La defensa de esas condiciones, que ahora ha sido explicada con todo detalle, se basaba en el mantenimiento de la identidad del periódico que, según el actual presidente del grupo, no es propiedad de los accionistas sino de los lectores y aún de la sociedad a la que sirve con su información.

Esta es una vieja batalla que se ha visto recrudecida con el apo- geo de lo que en español, perdonen que me resista a utilizar el idioma al uso, llamaríamos bulos, rumores interesados, posverdad a la carta… En suma noticias falsas.

Si nos remontamos al posible origen de la batalla por la orientación ideológica de los medios de comunicación, yo personalmente me detendría en la dictadura. En aquellos años y dada la situación, siempre en el alambre, de los directores, absolutamente responsables de cuanto se informara en sus soportes, haciéndoles ser de facto algo parecido a los comisarios políticos de otros regímenes, la ideología era marcada por ellos, por encima incluso de las empresas editoras y hay tantos ejemplos como ustedes quieran.

Cuando llegó la democracia se instituyó el concepto de Editor, que asumieron determinados empresarios, despojando a sus directores de la responsabilidad ideológica y pasándola a los consejos de administración o a la propiedad. Ahora, cuando las empresas editoras están en horas bajas, la propiedad diluida entre los empresarios con nombre y apellidos y los fondos de inversión, no tan anónimos como podría parecer, el argumento de una posible fagocitación del alma de los medios por organizaciones que los pongan al servicio de intereses espurios, no está mal traído.

Es verdad que a mucha gente esto le importará un bledo, como sin duda comprobará cada día el usuario de las redes sociales, pero los lectores, los oyentes, los espectadores que pretenden estar honestamente informados por unas marcas fiables, dentro de su tendencia política o social, convendrán en que el caso que nos ocupa es por lo menos digno de ser tenido en cuenta.

Otra cosa son las motivaciones de unos y otros para mantener y no enmendar sus posturas al respecto. Si son o no sinceros, si buscan o no el beneficio para los usuarios de la comunicación es otro cantar en el que no entro: bastantes opiniones hay al respecto para emitir una más que tendría la misma información o desinformación de lo que estoy leyendo y escuchando. O sea que les dejo, opinen lo que opinen me parecerá muy bien, que para eso y a pesar de Puigdemont estamos en un país libre.

Que sean buenos.